Era 2009, y yo tenía 16 años. Un amigo me invitó a ir de paseo a Oaxaca. Esté sería con fines políticos, ya que era
patrocinado por un sindicato. Llegó el día para el viaje, y yo estaba
con muchas ganas de irme, sólo que mis padres no estaban en casa.
Mi amigo fue a verme para irnos, pero mis padres aún no llegaban.
Así, que, decidí dejarles un recado, y también muchas disculpas
por irme sin permiso. Ya en el bus, sólo llevaba en mi cartera cinco
pesos, y en mi mochila traía manzanas, naranjas, dulces y quesadillas. Partimos
primero a la Ciudad de México al monumento de la Revolución.
Sería un viaje largo, ya que son siete horas hasta la ciudad
de Oaxaca. Había mucho tráfico a la salida de la Ciudad de México. Pasamos al
sanitario en la caseta de Miahuatlán de Porfirio Díaz, Oaxaca. Esta era la
señal de que ya habíamos llegado al Estado. En la mañana desayunamos tamales, atole y un plato de consomé caliente. Después fuimos al estadio
Benito Juárez a presenciar la Guelaguetza, un festival típico del estado. Me agradó mucho, ya que son tradiciones muy
importantes de México. En la tarde visitamos Mitla, una zona muy mágica y
bella, con un gran atractivo natural. Ya, por último, cenamos y
abordamos de nuevo el camión. Sabía que era el momento de regresar al Distrito Federal. Sería un momento triste, ya que Oaxaca era muy bonita y tenia, además, gente muy atenta y amable. A la llegada a la Ciudad de México, recordé el
viaje y los buenos momentos que pasé en Oaxaca. Esos recuerdos quedaron en el
olvido. En el momento en que mi novia estaba esperándome en mi casa con gran felicidad. Tuve que pagar muy caro con mis padres el viaje al que fui sin permiso, ya que aún
era el problema pedirles disculpas por irme cómo todo un aventurero. Ellos
me perdonaron, pero tuve que estar castigado por un mes completo.
Mi castigo fue no salir, no ir a fiestas, no jugar
videojuegos ni ninguna otra diversión.
Fue una gran experiencia
y siempre la recordaré con una gran sonrisa.

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